…y en aquel momento comprendí

Volvía tarde a casa en una noche de verano, caminaba solo y no tenía prisa por irme a dormir. Me gustan esos paseos esporádicos y despreocupados en los que no tengo que hablar o interactuar con nadie más; no tengo que escuchar ni pensar en respuesta alguna, ni aparentar, ni ser agradable, ni tampoco desagradable. Caminaba sin pensar en que tenía que caminar, sin pensar en que tenía que llegar a ningún lado. Estaba inmerso en mis pensamientos dando rienda suelta a mis ideas. Mirando sin mirar al suelo.
Y así, a medida que me acercaba lentamente a mi destino, las luces de la ciudad se iban atenuando y yo me sumergía en la oscuridad natural de la noche. Me adentraba lentamente en ella y en mi soledad no la temía.

El suelo que pisaba cada vez era más oscuro y mi curiosidad me hizo alzar la vista. Sin esperarlo me encontré con la oscura grandiosidad del cielo que aguarda más allá de la tierra que pisaban mis pies. Era un inmenso lienzo salpicado por diminutos puntos centelleantes dispersos en el vacío; eran las estrellas, las galaxias, las nebulosas… montones de ellas, tantas que ni en un millón de vidas podría contarlas todas.
Lo que veía era tan sobrecogedoramente impactante que no fui capaz de dar un solo paso más, ni pestañear, tampoco cerrar mi boca abierta. Fui presa de un emocionante escalofrío que recorrió mi espalda pasando por mis hombros y como las garras de un dragón me agarró hasta mis mejillas. En aquel momento yo solo podía observar con mi cerebro a través de mis ojos, el resto de mi cuerpo quedó petrificado. Inmóvil por la impresión tardé en darme cuenta de que tenía que seguir respirando.

De repente mi memoria me llevó a una noche en la que jugaba con una linterna cuando yo era pequeño y jugaba en el jardín de la casa donde crecí. Correteaba moviendo de un lado a otro el haz de luz por el césped, luego por la fachada de la casa hacia arriba y cuando terminaba el tejado ya no podía seguir el rastro de luz. Entonces…

…¿a dónde iba la luz de mi linterna?

Aquella pregunta disparó un interés sobre el espacio y el universo que he ido curando a lo largo de toda mi vida.

20 años después me encontraba solo, al inicio de este relato, atónito ante aquel cielo limpio y negro como el azabache, tan grandioso que me hizo sentir ínfimo en comparación. Entonces empecé a atar cabos con todo lo que a lo largo de mi vida había aprendido y estudiado sobre las ciencias naturales.

Fijé mi mirada en Polaris y mientras la observaba tracé mentalmente el camino de la luz que emitió:
En su interior tuvieron lugar reacciones nucleares que bajo presión y temperaturas colosales transformaron los átomos de hidrógeno en átomos de helio liberando en aquel proceso pura energía en forma de lo que nosotros —simples humanos— percibimos como luz y calor. Aquella energía convertida de la materia atravesó a lo largo de miles de años el cuerpo de esa esfera de gas incandescente y fue despedida de su superficie en todas direcciones. Aquella energía surcó el espacio interestelar serpenteando por el sendero que la gravedad le impuso a capricho durante más de cuatro siglos.
En los últimos cientos de kilómetros de su viaje por el espacio y el tiempo la luz de Polaris fue filtrada y frenada por los gases de la atmósfera de nuestro planeta Tierra, atravesó mi córnea y cristalino y terminó su viaje chocando contra mi retina, que a su vez reaccionó enviando a través de mi nervio óptico un impulso eléctrico a mi lóbulo occipital que me decía que ahí, en algún lugar había una estrella.

Es imposible tocar una estrella y seguir con vida, lo único que podía hacer era observarla maravillado e inmóvil… pero aquella noche Polaris de algún modo me tocó a mí.

El niño curioso que 20 años atrás se preguntó hacia dónde fue a parar la luz de su linterna ya sabía trazar a la inversa el camino que la luz de una estrella había tomado con un nivel de detalle que ni podía imaginar cuando jugaba de noche en el jardín de su casa.

Algo que por aquel entonces también desconocía es que mi cuerpo está formado por billones de células, que a su vez están compuestas por moléculas y estas últimas de átomos. Átomos de elementos químicos que fueron forjados en las entrañas de estrellas como la que estaba observando en ese preciso instante y que tras incontables ciclos cataclísmicos de muerte y renacimiento cósmico habían llegado hasta la nube de gas y polvo de la cual surgieron nuestro Sol y más tarde nuestro planeta Tierra. En 1984 y gracias a otras miles de casualidades, aquellos átomos de procedencia alienígena me formaron a mí.
Todo esto implicaba que aquella lejana estrella y yo estábamos hechos de la misma materia. Todo esto me decía que estábamos conectados por la esencia misma de los átomos que nos componían y daban forma.

Ya de vuelta al lugar en el que me encontraba, aquella imagen tan sobrecogedoramente grandiosa del cielo nocturno de pronto se tornó conocida, familiar incluso. Me di cuenta de que no podía dejar de sonreír aún sintiéndome muy muy muy pequeño, menos que ínfimo, pero siendo parte de algo tan inmenso que apenas podré llegar a comprender jamás.
Estaba mirando desde fuera de la ventana a la morada donde habitaban los mismísimos Dioses de la antigüedad y después de 20 años supe que había vivido toda mi vida en alguna parte de aquella casa.

Todo el conocimiento que adquirí durante toda mi vida se agolpaba en mi cabeza frenéticamente y aquellas piezas de puzle encajaban casi a la perfección para darme una visión global de qué era yo y de dónde venía.
Aquella explicación —basada en siglos de datos fruto de pura investigación científica— era tan poética que me emocionó profundamente, y gracias a ella en aquel momento comprendí cual era mi lugar en el universo.

Después de aquello me fui a dormir complacido sabiendo que a 20 años luz de distancia en alguna parte del cosmos se podría ver un destello procedente de la tierra, de la linterna con la que un niño correteaba por el jardín de su casa.

2 Respuestas a …y en aquel momento comprendí

  • Hay lecturas que tocan el alma. Hay seres con una capacidad innata para llegar al corazón. Que decir..yo, la eterna admiradora del firmamento, sobre este gran artículo. Tan solo….gracias por compartirlo.

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