Ocurrió en Amsterdam a las 23:00.

El viaje en tren no resulta pesado, me da tiempo para ordenar los papeles de las reservas, leer, escribir, dormir pequeñas cabezadas… hasta que entre cabezada y cabezada oigo una voz femenina hablar en Español al otro lado del vagón, me acerco y me presento, les digo lo aburrido que estoy por estar rodeado de gente con la que no sale ninguna conversación y me invitan a quedarme con ellos.

Son Lucio, Lorena y (…me cago en mi mala memoria para los nombres), justo me olvido de la más guapa, morenaza ella.
Van a pasar unos días en La Haya, también conocen Amsterdam y Berlin y me recomiendan sitios que no me puedo perder en sendas ciudades.
No puedo disfrutar de su compañía mucho mas tiempo, puesto que no tardamos mucho en llegar a Den Haag (La Haya) y se van, yo sigo.

Llego a Amsterdam, salgo de la estación donde no hay puntos de información turística disponibles. No me importa ni lo más mínimo, preguntando se llega a Roma, pero yo no voy allí, voy al número 97 de Kloveniersburgwal.

Fuera de la estación miro en un plano que hay en la marquesina de la parada del tranvía frente a la estación y veo que la calle no anda lejos. Ya sé hacia dónde tengo que ir, pero tengo tanta sed que no funciono bien.
Voy callejeando buscando una tienda donde pueda comprar una botella de agua y paseando entre la gente me voy empezando a creer que estoy en Amsterdam, ciudad que llevaba tanto tiempo queriendo conocer.

Llego a una tienda para comprar agua y le pregunto al tendero por la dirección a donde debo ir. El tipo coge un plano de la ciudad de entre un montón que tenía en el mostrador y me marca la ruta. Perfecto, muchas gracias, buenas tardes. Pago y me voy.

Llego por fin a Kloveniersburgwal que, para mi sorpresa no es simplemente una calle, es un canal. Con dos aceras a los lados. Me digo a mí mismo que tengo que empezar a pensar en términos diferentes a calles y barrios, ahora tengo que pensar en canales también.
Me encuentro en el comienzo de Kloveniersburgwal, sólo me falta caminar hasta el número 97, y aquí empiezo a sonreír sin querer, no dejaré de hacerlo en toda mi estancia en Amsterdam, pero eso todavía no lo sé.

Me fijo en todo lo que me rodea, y lo encuentro maravilloso, hay algo en este lugar que simplemente me encanta, pero no sé porqué. Me embelesa de tal forma que olvido el peso de la mochila que cargo, y es entonces cuando me doy cuenta de porqué me gusta tanto este lugar: está lleno de vida, como en pocos lugares he visto.

No hay un sólo lugar salvo el cielo que no tenga un bonito colorido, una forma desconocida por descubrir, o movimiento de gente paseando y haciendo su vida.
El bonito colorido lo ponen las flores que cuelgan de casi todas las ventanas, las formas desconocidas las ponen las fachadas de las casas de arquitectura Flamenca, y la gente forma un mosaico de culturas más cosmopolita incluso de lo que me pareció el barrio de Menilmontant de Paris.

A continuación le propongo un ejercicio de memoria visual:
Imagine una ciudad con mucha gente, pero sin aglomeraciones.
Un montón de casas estrechas y altas sin espacio entre ellas, pero que no resultan agobiantes a la vista.
Movimiento en todas partes, pero sin que haya ruido ya que no hay ni un sólo coche.
Personas de cualquier parte del mundo juntas, pero sin que se formen guetos.
La bicicleta, en todas sus formas y variaciones posibles es la reina de la ciudad.
Allá donde mire, hay vida. Esta todo lleno de historias, y todas son diferentes.

El impacto que Amsterdam provoca en mí, hace que me enamore de ella a primera vista. Es un flechazo, y de los buenos. El ambiente que respiro aquí es único, y hasta la fecha no he visto nada que se le parezca. En 10 minutos no he podido reprimir decir en voz alta “me encanta” dos veces.

Estoy gozando el paseo y llego al albergue. Me registro, me explican cómo funciona y me instalo en silencio, pues comparto habitación con más gente que ahora duerme.

Mientras meto mis cosas en la taquilla que parece una caja fuerte, aparecen dos chicas que pertenecen al grupo de dormilones de al lado. Son todas Italianas, menos uno que tiene pito, por lo tanto es Italiano. Hablo en voz baja con ellas y una cuyo padre es Zaragozano habla bien en Español. Parecen buena gente.

Después de eso me ducho, descanso un rato y salgo a descubrir los alrededores.

Ya es de noche, camino calle abajo y no puedo seguir paseando sin más, debo pararme para poder apreciar todos los detalles que hacen de esta ciudad algo tan bonito.
Hay un banco vacío cerca, me siento y me regalo 15 minutos para deleitarme con Amsterdam. Sigo flipando, de noche es incluso más bonita. Pasado un rato, me levanto y sigo el paseo.

Aquí también sirven comida hasta tarde, y hay ambiente para salir a tomarse una cerveza todos los días. Sigo dando la vuelta y entro en el Red Light District, también conocido como el Barrio Rojo. Esta lleno de luces de neón que anuncian todo tipo de placeres carnales, gente joven de todo tipo pasea entre los canales, y un suave aroma a hierbas prohibidas en otros lugares aparece en cada esquina.

Puede parecer el lugar de perdición y desenfreno más oscuro del infierno, pero en realidad todo marcha con normalidad. Resulta incluso un paseo muy agradable y exento de preocupaciones por mis pertenencias y/o integridad física.

Unos golpes en un escaparate llaman a mi atención. Miro y caigo en la cuenta de que los golpes provienen del interior. Una prostituta se me insinúa. “No, gracias. Ay omá! Pero casi”.

Estoy muy cansado, y me espera una larga caminata hasta el albergue, decido volver. Mañana tengo que hacer la colada, pero debo conseguir algo: hacerme con una bici como sea, tengo que hacerlo.

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