Ocurrió en Bruxelles a las 23:00.

Termina Jurassic Park, y en la comodidad de mi cama dudo entre salir o quedarme. No lo sé, me puede la vagancia.
Dudo durante un rato y al final me repito la frase que ayer me dijo ese gran amigo: “no sabes lo que te puede llegar a ocurrir ahí fuera, pero ya sabes lo que te espera aquí tirado en la cama”.
Me puede la curiosidad, me pongo todo lo guapo que puedo y salgo.

En recepción no hay nadie, dejo la llave en su correspondiente casilla y yendo hacia Grand Place me cruzo con el campeón de recepción, que está tomando unas cervezas con dos amigos más en un bar que hace esquina cerca del hotel.

La edad media del grupo es de 40 años, aunque Khamal no supere la treintena. Les pido permiso para tomarme una birra con ellos y aceptan encantados.
Todos ellos son Marroquíes, pero hablan en Francés y también Inglés. Acordamos hablar en la lengua de Shakespeare puesto que mi Francés me funciona bien, pero no lo suficiente como para mantener una larga conversación.

Durante 45 minutos disfruto de la cerveza más enriquecedora de todo este viaje hasta el día de hoy. Converso con ellos sobre política, religión, historia… un poco de todo y aprendo una barbaridad.
Ya en Inglaterra compartí habitación con Nasser, un Árabe de quien aprendí mucho sobre el Corán y en general la forma de vivir y pensar del Islam. De esta forma se me hizo más fácil entender a estos señores.

Nosotros, los occidentales Europeos estamos muy poco acostumbrados a dialogar con otras culturas. Entre nosotros (los de los 27, y yo diría los de los 12 que conforman en corazón de la Unión Europea) nos llevamos bien.
Nos damos palmadita en la espalda congratulándonos de lo policulturales, intelectuales y Europeos que somos, pero con los de fuera somos muy hipócritas.

En general estaremos más predispuestos a abrir la puerta de nuestra casa a un Belga, Noruego o Inglés que a un Congoleño, Tailandés o Panameño. Y por eso mismo nos perdemos todo lo que nos pueda enseñar el 90% restante de los habitantes de este planeta, sobre la alegría, el dolor, la muerte, el amor, dinero, agricultura… la vida.

Toca cerrar y estos señores se tienen que ir. Les agradezco su amabilidad y el buen rato que me han hecho pasar y les doy las buenas noches en Árabe.
Sorprendidos, con una amplia sonrisa y un apretón de manos me desean buena suerte en mi viaje. Khamal directamente me abraza, tanto él como yo estamos encantados de habernos conocido.

Sigo mi camino feliz por haber salido de la habitación. Todavía no he llegado al centro y ya he gozado un montón.
Salí a dar una vuelta en solitario por Europa para conocer lugares, gentes y culturas, y hoy he tenido mi ración de cada cosa. Estoy consiguiendo lo que vine a hacer, y me doy un momento para deleitarme en mi alegría.
Me espera un paseo por Rue Royal que decido alargar aminorando la marcha, quiero disfrutar de mi victoria y de Bruselas a la luz de la luna.

Reflexionando sobre todo lo que estoy aprendiendo, se me ocurre una frase que me encanta y me apresuro a escribir para no olvidarla jamás:

Todos compartimos el mismo Sol que nos da luz y calor.
Todos vivimos bajo la misma Luna que nos invita a dormir.
Si el conocimiento me hace libre, no debe importarte de dónde o de quién provenga.

Congratulándome de lo lo policultural, intelectual y Europeo que soy (nótese la ironía) llego a Grand Place. Otra vez veo comida por todas partes y son las mil, aunque a diferencia de ayer, hoy hay un montón de cuadrillas sentadas en el suelo haciendo botellón enfrente del ayuntamiento. Seguro que habrá algún Erasmus por ahí, pero no me apetece ese plan.

Ayer en la cervecería me recomendaron el Habana Club, y lo busco con infructuosos resultados. Me pierdo pero no me importa, sé hacia dónde queda el hotel. Camino por calles que no he visto hasta ahora, pero totalmente despreocupado por atracos o situaciones peligrosas. Créame, Bruxelles es muy seguro.

Me apetece echar unos bailables, y me dirijo a la zona de bares y discotecas al lado de Grand Place. Entro en uno previo pago de 2€. Es muy pequeño, pido una birra y me siento.

El bar tiene más sitio para estar sentado que bailando, y casi no quedan sitios libres. De hecho, pido permiso a una pareja para sentarme en una de las sillas de la mesa para 5 que sólo ellos ocupan. No tienen ningún inconveniente.

Se escucha reggaetón y música latina en general. En la plataforma tras la cual se esconde la cabina del DJ hay varias chicas, pero hay una que destaca entre todas las demás de todo el local: se mueve más que cualquier otra, con más desparpajo, más morena. Se la ve disfrutar, no para de bailar y, atención, de cantar.

Termina la canción y el DJ pone Suavemente de Elvis Crespo, ella la canta en Español, y esta chica se vuelve loca de alegría. Canta la canción de memoria y leyéndole los labios descubro que articula bien las palabras. Me acerco y le pregunto si habla Español.

¡Bingo! Es Sara, Malagueña, pelo largo, liso, azabache y tan estupenda como Katerina, la Checa de esta mañana. Me pregunta qué hago yo y le cuento una versión reducida de lo que pretendo sea este, mi InterRail09.
Me invita a que le acompañe con sus amigos. Acepto encantadísimo, así no acabaré la noche solo.

Vamos al fondo del local donde hay más sitio para bailar y me lo paso muy bien con tod@s ell@s. Dos cervezas más tarde me despido de esa gente tan acogedora y pongo rumbo al hotel, que mañana lo tengo que dejar por la mañana y se me hace tarde.

De camino al hotel vuelvo sólo por la calle de nuevo pensando en lo curiosa y enriquecedora que ha resultado ser esta noche.

Está claro, definitivamente tenía que salir.

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