Me cago en la música del móvil, cambiarla no estaría de más… ¡Buenos días, arriba dormilón! Me pongo en pie y me caigo hacia adelante por el peso de mis legañas. Por suerte no estoy tan dormido como para caerme de bruces.
Me ducho, guardo las 4 cosas que saqué ayer en la mochila, entrego la tarjeta y el mando de la tele en recepción y dejo el hotel Yasha.
Voy a las consignas de la estación de tren y comienza una pequeña odisea: La sala de consignas esta vacía y las consignas son automáticas.
Son grupos de 8 habitáculos con cierre electrónico centralizado, cuyo control esta compuesto por una pequeña pantalla, una ranura para insertar monedas, un teclado alfanumérico y un expendedor de tickets.
Hay habitáculos de diferente tamaño, y mi mochila sólo cabe en los más grandes. Hay 2 máquinas (con sus correspondientes 16 consignas) fuera de servicio, eso me deja pocas posibilidades de guardar mis pertenencias.
El funcionamiento es el siguiente:
- Meter la mochila en una consigna.
- Introducir el importe exacto en metálico.
- Recoger el recibo con un código para la consigna.
Son sólo 3 pasos, es sencillo… Sí, mis coj**es:
- No tengo el importe exacto, voy a por cambios. Un paquete de chicles más tarde vuelvo al ataque.
- Meto la mochila y la puerta no se cierra. Bueno, no exactamente: se cierra y se abre a los 2 segundos.
- No acepta mis monedas (¿será porque soy negro, como Ali G.?)
Repito los mismos pasos que me indica la animación (cutre-pixelada) de la pantalla con idénticos e infructuosos resultados.
Me desespero un poco y voy a pedir ayuda al responsable de las consignas. Cojo mis pertenencias para no dejar nada en la sala de consignas que abandono por un instante.
Vuelvo al ataque ya con ayuda especializada y me encuentro con 20 Japoneses que amenazan con no dejar libre ni un sólo hueco. ¿He mencionado que había 2 máquinas (con sus 16 consignas) fuera de servicio?
Empiezo a preocuparme, y mucho. Si me quitan las únicas dos consignas en las que creo que puedo dejar la mochila tendré que cargar con ella todo el día, y no me apetece nada. Por suerte he dado con el tipo indicado, se hace un hueco entre la multitud Nipona, mete la mochila en una consigna más pequeña (¿¡!? pensé que no cabía pero no importa, mucho mejor así). Repite los mismos tres pasos que yo he seguido antes, sólo que a él le funcionan. (¡!)
Muchísimas gracias caballero, que tenga un buen día. Miro arriba para comprobar que no tengo una nube lluviosa siguiéndome, y reanudo mi visita a Luxembourg.
Salgo de la estación, me chupo el dedo, lo alzo y voy donde me guía el viento.
Voy por el casco antiguo, pero por una parte que ayer no quise visitar. Descubro panorámicas increíbles y me siento en un banco a deleitarme con las vistas cada vez que se me presenta la ocasión.
Cuando termino el paseo por la parte externa del casco antiguo vuelvo a la Place d’Armes y de ahí a las casamatas.
Son galerías excavadas que sirvieron de refugio, arsenal de armas y también para albergar baterías de cañones. Fueron muy útiles durante siglos, pues ayudaron a que Luxemburgo (también llamado el Gibraltar del norte) resistiera a ataques de reyes y príncipes con ansias de conquista.
La entrada me cuesta 2€ y media hora de subir y bajar escaleras, cruzar por pasadizos y galerías angostas (que no langostas), y resbalar por suelos embarrados.
Salgo de allí y voy a la parte más baja del valle que separa el casco antiguo del menos antiguo, donde está la estación de tren. Se acerca la hora de partir y no quiero que me pille lejos.
Acabo mi visita a Luxembourg City dando un paseo pausado por la parte más baja del valle que divide en dos la ciudad, siguiendo el trazado del río Pétrusse, rodeado de árboles que cubren con sus sombras un paseo realmente bonito. Termino en otra calle del barrio de Grund, y finalizo mi largo paseo en Avenue de la Gare, a pocos minutos de la estación.
Me entra hambre y veo un bar con WiFri, me siento, pido algo para comer y me entra otra oleada de flipe en tecnicolor. Esta vez es por la musica del lugar: Exitazos tales como “el gato volador”, “papichulo”, “dale don dale”, “obsesión (no es amoor)”, “baila morena”, y otras muchas perlas del reggaeton que tuve que sufrir y se me quedaron marcadas a fuego durante tantos fines de semana de fiesta en Illunbe.
Aún hay noches que en el calor de mis sábanas me asaltan esos acordes infernales desde lo más profundo de mi sique, y sufro episodios de temblores espasmódicos.
Le pregunto a la camarera (dicho sea de paso: ay omá, que pedazo de mulher) a ver porqué esa música y no otra, y me dice que es por el ritmo y porque le encanta el Español.
El resorte de mi ceja izquierda se dispara mientras me contengo para no decirle ninguna burrada, y entablamos conversación: me dice que es Portuguesa, pero poco más podemos hablar porque tiene que atender a dos borrachos en la barra.
Al otro lado del bar se encuentra una anciana sola que, para mi sorpresa y estupefacción tararea la canción de “no es amor” mientras se lía un pitillo y ¡canta perfectamente el estribillo!. Yo no salgo de mi asombro.
Moviendo los labios, le ayudo a rellenar los huecos que no se sabe de la canción y con ese simple gesto me gano su simpatía. Y ahí empiezo a comunicarme con ella sin usar ni una sola palabra, sólo con gestos y muecas.
Resulta ser una señora muy divertida y agradable, pero el tiempo pasa inexorable y la hora de subir al tren que me llevará a Bruselas se acerca. Debo comprobar la hora de partida y que mi reserva del alojamiento siga en pie.
Termino de comprobar mi llegada a Bruxelles, me acerco a la barra a pagar y despido de la diosa anónima de hoy. También de la amable señora que aguardaba solitaria al lado de la puerta, y voy a la estación a pasar mi última media hora en Luxembourg.
Esta vez la consigna se porta bien y me funciona a la primera. Voy a la sala de espera, desenfundo mi libro anti-tedio y cuando anuncian mi tren subo a él.
Próxima parada, Bruxelles-Midi.