El trayecto desde Luxembourg hasta Bruxelles-Midi lo paso leyendo, mirando el paisaje y durmiendo. 3 horas y tropecientas paradas después, llego a Bruxelles.
Sigo el protocolo establecido: acudir al punto de información y hacerme con los planos de la ciudad y el metro.
La señorita (muy maja ella) me dice los sitios que puedo visitar. Me suelta una retahíla de puntos de interés turístico perfectamente memorizados tras haberlos repetido miles de veces cual mantra. Yo la interrumpo con mil perdones, prefiero descubrirlos solo, sin tener una ruta preestablecida. Quiero disfrutar de este viaje disfrutando del factor sorpresa.
Echo un vistazo rápido al plano y veo que el centro de la ciudad no es muy grande, y echo de menos el Atommium, es lo único que le pido que me indique. Está en las afueras al lado de los invernaderos Reales de Laeken, lugar que me recomienda encarecidamente.
Agradeciéndole su ayuda, me dirijo al metro que esta debajo de la estación y veo muchas máquinas expendedoras de tickets pero ninguna taquilla. Es un pasillo amplio y largo, voy caminando y veo una, aunque no sé si es la del metro porque no pone nada. Al final de la cola hay 2 chicas con maletas, les pregunto en Francés si es la taquilla del metro y me dicen que sí. Me pongo pues a la cola.
Como la ciudad no es muy grande no creo que necesite más de 5 viajes, compro un billete de 5 y busco la línea que me lleve a Madou.
Esperando al metro veo a las chicas de la taquilla, me subo al metro y les oigo hablar en Español. Son Lucía y Ana de Asturias, estuvieron aquí el año pasado y han vuelto a pasar el fin de semana. ¡Bien! -pienso para mis adentros- dos chicas que hablan mi idioma y que conocen la ciudad.
Estamos a una parada de Madou, y comenzamos a despedirnos y a desearnos buena estancia. “A ver si nos vemos” me dicen para mi sorpresa, a lo que (nervioso por temor a perderme) respondo con un escueto “ojalá”. Llego a Madou y me bajo del metro, ellas siguen.
Es entonces cuando la palabra tonto se graba a fuego en mi frente. He tenido una oportunidad de oro de conocer la ciudad con dos chicas que ya la conocían y no tengo otra cosa que sus nombres. ¡¡¡Tontaakoooo!!! GRAN FALLO, CRASO ERROR que no debo repetir. Ahora lo sé.
En fin, tengo que buscar el hotel: según Google Maps está en una calle al lado de Madou llamada rue du Nord, pero no veo ninguna indicación. Al lado de la boca del metro hay una parada de autobús, pregunto a la gente por Rue du Nord. No la conocen, 7 personas no conocen siquiera la calle. Me preguntan si lo que busco es la Gare du Nord y les digo que no. Que bajón, estoy perdido.
A ver, soluciones: algún viandante, un barman, un taxista, o un policía me pueden ayudar o por lo menos indicarme dónde puede estar. Pasan 2 viandantes y les pregunto, tampoco lo saben, ya van 9 intentos fallidos. Nos acercamos a un bar de al lado y nadie lo sabe tampoco, ya son 17 personas que NO SABEN dónde se encuentra una calle que según mi mapa está a menos de 50 metros en alguna dirección.
Tengo el teléfono del hotel, voy a llamar. Uno de los 2 viandantes saca su móvil y llama para ahorrarme los costes de roaming. Qué grande, qué detallazo por su parte.
Desde el hotel le dan instrucciones para llegar desde Madou y debo buscar un buzón de correos para estar justo al lado del hotel. Les agradezco las molestias que se han tomado y se van a la paz de Alá.
A todo esto, no me he movido a más de 50 metros de la boca del metro de Madou, emprendo la búsqueda del buzón que está al lado del hotel más esquivo del que he tenido constancia hasta la fecha. Un taxi se para en el semáforo que iba a cruzar y aprovecho la ocasión, le pregunto al taxista por Rue du Nord y me señala con el dedo donde está la calle.
Estaba ahí al lado todo el rato. Se ve el comienzo de la calle desde la boca de metro de Madou, desde la parada de bus, el bar y el sitio donde he preguntado a los caballeros que me han ayudado. Si fuera un perro me habría mordido, marcado mi pierna y ni yo ni las 17 PERSONAS que buscábamos la calle nos hubiéramos dado cuenta. Nadie, excepto el taxista ha sabido decirme “está ahí”.
Por fin encuentro el hotel y me atiende el recepcionista más crack de entre los que me he cruzado en mi viaje, me río un montón con él. Bromeamos sobre mi paupérrimo Francés en Inglés y accede a enseñarme a hablar bien en Francés… previo pago de 10 €uros el minuto. Un fenómeno de tío.
Me retiro a mis aposentos y nada más cruzar el umbral de la puerta me entra el bajón. Ya es de noche y estoy solo, y para colmo en esta parte del edificio no llega la señal WiFi. Sin tan siquiera poder conectarme a Interner tan lejos de mi hogar, sin compañía, la sensación de aislamiento es abrumadora. Me derrumbo y de pronto mi estado de ánimo se encuentra 3 pisos por debajo de mi habitación.
Hoy es viernes y oficialmente el fin de semana está a punto de comenzar. Hoy a la mañana, mientras esperaba mi tren en Luxemburgo he pensado en cómo iba a ser mi primer viernes noche en solitario de InterRail09.
La sola idea de salir a la aventura, en solitario, a donde me diga el viento esbozaba una sonrisa en mi cara. No dependo de nadie para elegir bar, o sala de baile, o discoteca. Estoy abierto a cualquier ocasión que se me presente, sin tener que rendir cuentas a alguien que se quede solo si tengo suerte, y sin tener que asumir el rol de escudero toda la noche en caso contrario.
El plan que se presenta ante mí es demasiado apetecible como para dejarlo pasar, pero con esta falta total de ánimos la idea deja de ser atractiva en absoluto. Esto no es propio de mí, necesito una mano amiga.
Llamo a casa para dar señales de vida y comentar los pormenores de mi viaje. Besos y abrazos más tarde me siento reconfortado, pero al 95%. Marco el número de una gran persona y me da ánimos, me hace ver la situación desde otra perspectiva. Qué grande es.
Cuelgo con los ánimos renovados y con una amplia sonrisa digo: “Qué coño, hoy es viernes. Voy a salir”.