Ocurrió en Paris a las 19:30.

“¡Venga gandul, arriba! que de InterRail no se va para dormir”. Ese ha sido mi diálogo interno, tras el cual me he preparado para salir.

Tengo mucho miedo, pues desconozco lo que me espera. No sé qué voy a hacer hoy, ni por dónde iré, o a qué persona extraña o interesante conoceré. Esas mismas preguntas son igualmente válidas para mañana, pasado mañana, y así hasta que caduque el billete de tren que me llevará por toda Europa. Me aterra pensarlo.

Pero lejos de ser un miedica me crezco ante las adversidades, y medio segundo después pienso en el tesoro que tengo delante mio: por primera vez en mi vida puedo inventar cada día a mi antojo, y a lo grande.
Me doy cuenta de que al menos durante 22 días podré hacer lo que me plazca, sin depender de nadie, haciendo una de las mejores cosas que una persona puede hacer: conocer mundo.

Con una emoción que no me cabe en el pecho, compruebo mis pertenencias y me tiro de cabeza a la aventura de mi vida.

Saludo a la recepcionista que tan amablemente me ha atendido antes, y cuando cruzo el umbral de la puerta me tengo que parar. Puedo ir hacia la izquierda o hacia la derecha, pero ¿hacia dónde voy ahora?.
¿Saco el plano para ver qué me espera a un lado u otro de la calle?. Hmmmmm… no.

Tomar una decisión lógica o meditada supondría quitarle romanticismo a mi viaje, le dejaría muy poco o ningún margen a la improvisación. Además, podría decirse que el viaje ni siquiera había comenzado.

Sea pues el destino quien decida por mí. Me chupo el dedo, lo alzo en el aire y que me lleve el viento.

Pienso en lo que acabo de hacer y me prometo hacerlo a diario en este viaje. Si viajo solo es porque (entre otras cosas) quiero libertad total para conocer Europa a mi ritmo y a mi manera, sin depender de lo que una guía turística me quiera recomendar.

Callejeo sin rumbo y llego hasta Place des Vosges donde me siento un ratillo deleitándome del sol, el ambiente y la arquitectura de los edificios que rodean la plaza.

Saco el plano para ver dónde estoy y de dónde he venido para saber orientarme. Y me doy cuenta de que no tengo controlado el billete de InterRail. ¡Oh, sorpresa!. ¡Oh, horror!. “Seguro que lo tengo en la habitación”, pienso.

Rápidamente bajo al metro y tomo un primer contacto con el suburbano Parisino. No deja de ser otro metro: miro en el plano dónde estoy, hacia dónde quiero ir, uno los puntos y ya tengo mi ruta. Está txupao.

Me apeo en Père Lachaise, y decido callejear un poco antes que ir directo, así aprendo a situarme por los alrededores del hotel.

Poco después estoy en mi habitación rebuscando por todas partes. No encuentro nada. Sin perder los nervios recuerdo que a la mañana llevaba todos los billetes juntos: el de la reserva del hotel, el billete de tren y el de InterRail. Seguro que al entregar en recepción el billete de la reserva del hotel, también le dado el de InterRail sin darme cuenta.

Bajo a recepción, expongo el problema a la recepcionista de turno con mi mejor Francés y algo de Inglés. La amable señorita comprueba los billetes y 5 segundos después lo tenia de vuelta entre suspiros de alivio.

Muy agradecido, aprovecho para pedirle la clave WiFi y vuelvo a la habitación para informarme sobre mi próximo destino: Luxembourg.

En mi habitación tengo algo de comida que me hace buena compañía hasta media tarde. Mientras tanto veo que mi próximo destino no merece más de dos días, puesto que no es muy grande.

Ya sé los días que pasaré allí, me dispongo a reservar una cama. Por desgracia ya no quedan albergues libres, así que me tendré que conformar con el hotel más barato que haya.

Un buen rato después ya tengo confirmada mi reserva en un hotel muy cercano a la estación de tren. Anoto meticulosamente la referencia de la reserva, el nombre del hotel, los días en los que estaré alojado allí, dirección y teléfono, y dibujo un mapa para poder guiarme in situ.

Buen trabajo Iñigo, te has ganado una galletita.

Hablando de comida, empiezo a tener hambre. Son cerca de las 19:30 y seguro que ya hay sitios donde poder cenar. Me preparo y salgo a cenar, a ver qué toca hoy.

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